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Episodios:
Prólogo
Plaza Fuerte
Little Prince Station
Vacaciones
Sólo una Línea
Sterne
Equipo
Desconocido
Lluvia
Reencuentro
Relaciones
Cuatro Días I
Cuatro Días II
Imágenes:
Grupales
Individuales
De Episodios
 
CRAP
 
Episodio 8:
Reencuentro
 
 
— El problema es que no estoy seguro de reconocerlos...
— Pensé que habías mirado con atención las fotos que te consiguió Rover.
— Con la cantidad de gente que hay, podría tener a mi abuela al lado y no reconocerla.
Slash tuvo que darle la razón. Él y Boss se demoraron un poco más junto a la barra, contemplando el mar de caras que se agitaba en medio de la música y las luces cambiantes. La verdad que el plan de Run hacía agua por todos lados, pretender encontrar a los Sterne ahí, pero era lo mejor que se les había ocurrido.
— Vamos a dar una vuelta —dijo, cabeceando hacia el corredor atestado que rodeaba la pista.
Boss lo siguió en silencio, tratando de espiar entre cientos de cabezas hacia los otros cientos que bailaban medio metro más abajo. Una mano se cerró sobre su brazo y lo detuvo de un tirón. Giró sobresaltado para enfrentar a una chica de su edad que le saltó encima para abrazarlo riendo a carcajadas. Él la estrechó riendo también, hasta que ella retrocedió acomodándose el breve vestido, que se deslizara hacia arriba con el abrazo. Se miraron de nuevo, los dos meneando la cabeza, sorprendidos y contentos.
— Tu vieja me dijo que te habías ido del país... —le dijo ella a gritos, por encima de la música.
— Vine por unos días, nomás —fue lo primero que se le ocurrió—. Llegué ayer y...
— ¡Y todavía no me habías llamado, mal amigo! —le agarró la mano y tironeó de él hacia la barra—. Pero no te vas a escapar tan fácil. Vamos a charlar un rato.
— ¡Pero... Claudia... mi amigo...!
— Nada. Mi novio está por llegar y quiero que tomemos algo antes —y sin darle tiempo a decir más, se lo llevó.
— Mejor vamos arriba, que acá... —Slash se interrumpió al girar y no encontrar a Boss tras él. Alcanzó a verlo irse tras una linda rubia, de la mano, a todas luces en dirección a la barra. Se tragó una puteada, meneó la cabeza y volvió a abrirse paso hacia la escalera más cercana.
 
— ...así que por eso no tuve tiempo de despedirme de nadie...
La chica siguió mirándolo un momento más, jugueteando con la sombrillita de su trago. Boss trató de esconderse de su observación con la excusa de tomar su cerveza. Siempre había sabido que algo así podía pasar, que en cualquier momento podría encontrarse con alguien que lo conociera, y que entonces tendría que tragarse todos sus escrúpulos y mentir como lo acababa de hacer. Sólo lo sorprendía que no le hubiera resultado más difícil. Claudia y él habían sido amigos, meses más o menos, desde que nacieran, y Boss no creía haber cambiado tanto, desde que se uniera a CRAP, para que ella no pudiera siquiera sospechar que no le estaba siendo sincero. Como fuera, lo mejor era apartar la conversación de sí mismo.
— ¿Y vos, piba? Nombraste a un novio...
Ella asintió con una morisqueta y le mostró el anillo en su mano derecha.  Boss arqueó las cejas, la chica rió divertida ante su asombro.
— Bueno, el candidato de las mamis se había ido del país, así que tuve que buscarme sustituto. Lo conocí hace cosa de un año en el laboratorio y llevamos seis meses juntos.
— ¿Químico como vos? —preguntó él sin darse por aludido.
Claudia humedeció los dedos en su martini y lo salpicó volviendo a reír.
— Mandado para hacerte el tonto, ¿eh? No, se dedica más al maletín que a la redoma. Es el gerente comercial de nuestro mejor cliente.
— Así que decidió llevarse bien con la hija del dueño...
— ¡Si serás...! Perdiste el tren para hacerte el celoso. Y fue al revés, digamos que me fijé en él bastante antes que él en mí. Pero ya sabés cómo soy...
— Puesto el ojo, puesta la bala.
Rieron los dos y volvieron a brindar. En ese momento se les acercó un hombre que rondaba los treinta años, atractivo, de movimientos y sonrisa indolentes. Sus ojos negros brillaron al posarse en la chica, un poco escondidos tras un flequillo que a Boss le recordó mucho el de Trash. La expresión de ella se iluminó al verlo y le tendió una mano.
— ¡Tobías, llegaste! Vení, quiero presentarte a alguien.
Boss se tragó el sobresalto al escuchar su nombre y le estrechó la mano. Claudia estaba explicándole a su novio que él era ese gran amigo que tantas veces le mencionara, pero Boss ya no les prestaba atención: pocos pasos detrás del tal Tobías, vio a Slash haciéndole señas. Su mímica no era la mejor, pero su cara era suficiente para saber que tenía que inventar una excusa para despedirse ya mismo.
— Chicos, ahí está mi amigo buscándome. Los dejo tranquilos... —empezó, tratando de sonreír con naturalidad.
— ¡Pero cómo! ¿Ya nos dejás? Claudia me habló mucho de vos y sé que hace rato que no se ven...
Boss forzó otra sonrisa y estrechó una mano de su amiga, que lo miró a los ojos un momento y asintió.
— Andá. Pero si te llegás a ir de nuevo sin pasar por casa, te busco y te mato, ¿entendido?
Él asintió también, le besó la frente antes de soltar su mano, se apartó de ellos en dirección opuesta adonde estaba  Slash. Pocos minutos después se reunían frente a la puerta del local y salían.
 
*   *   *
Run abrió otra cerveza y volvió a llenar los vasos. El silencio en el estar era extraño, además de tenso, y por primera vez se detuvo a notar cuánto se había habituado al usual buen humor de Boss. Con bromas ocasionales, a veces con preguntas que caían como balde de agua fría, muchas veces sin necesidad de hablar siquiera. Pero en los meses que llevaba con ellos, sus maneras simples y tranquilas se habían ganado su lugar. El desconocido, el “suplente de Kao”, se había transformado en uno de ellos sin que se percataran siquiera.
Ahora Slash movía los ojos de su expresión ceñuda a Run como pidiendo auxilio. Boss, sin prestarles atención, miraba fijamente su vaso encerrado en un silencio hosco y obstinado. Trash también parecía un poco afectada por su actitud. Lo observaba entre sorprendida y molesta, algo en ella parecía reprocharle: “la huraña acá soy yo, no vos”, tratando de disimular que no sabía bien cómo tratarlo en ese momento.
— Tiene que haber otra forma —dijo Boss de pronto, rompiendo la incómoda pausa que siguiera a la breve exposición de Run.
— Si la encontrás, encantado de dejar de lado mi primera idea —respondió Run con suavidad.
Slash no aguantó más, se paró con un gruñido y salió por la puerta de la cocina. Boss, sin prestarle atención, se dignó a enfrentar a Run.
— No creo que ni ella ni su viejo lo sepan —insistió.
Run arqueó las cejas en silencio. Trash chasqueó la lengua impaciente.
— ¡No le venden aspirinas, Boss! ¿Que vos los conozcas implica que sean santos? ¡El viejo le vende al Cartel y la piba sale con un Sterne! ¡Abrí los ojos, querés!
Boss se volvió a enfrentarla con ojos fulgurantes y ella se echó hacia atrás como si la hubiera empujado con solo mirarla. Run alzó una mano, conteniendo cualquier posible respuesta.
— Ése no es el tema —terció con su proverbial tranquilidad—. Y tampoco nuestro trabajo, de momento. Lo que nos encargaron fue vigilar el lugar y, cuando hagan la reunión, dejar a los Sterne sin compradores. Después que lo hayamos hecho, veremos qué dice Rover de este dato extra.
Trash se encogió de hombros con una mueca, Boss sacudió la cabeza.
 
*   *   *
 
— Ahí los tenés.
John se reclinó hacia atrás en su silla al tiempo que Krazler, de pie a su lado frente al monitor, giraba lo indispensable para mirar a Tobías. Él lo enfrentó sin moverse del sillón en el que estaba hundido.
— ¿Tenés qué? —inquirió distraído, el cigarrillo subiendo y bajando entre sus labios.
— Al amigo de tu novia con el violinista.
Ahora Tobías se irguió con rapidez, frunciendo apenas el ceño.
— ¿Querés decir que el pibe que conocí el otro día es un CRAP?
Krazler cabeceó en dirección al monitor por toda respuesta. Tobías no se molestó en mirar para confirmar sus palabras. Sonrió de costado y volvió a reclinarse hacia atrás en el sillón con expresión casi risueña.
— Entonces los tenemos agarrados por las pelotas —canturreó.
John giró en su silla para enfrentarlo sorprendido, Krazler se limitó a arquear las cejas, poco dispuesto a dejarse convencer tan fácilmente.
— Lo único que tenemos es la cara del nuevo, que hasta ahora se nos había escapado.
— Y su nombre verdadero. Con apellido, dirección, teléfono y número de documento en caso necesario —terció Tobías sonriente—. Y si lo tenemos a él, caen los demás como un dominó. Espíritu de equipo y toda esa mierda que tanto les gusta a ellos.
— Traeme su cabeza y después hablamos.
Tobías largó una risita al escuchar la voz del cuarto ocupante de la habitación, un muchacho alto y delgado, de pelo rubio largo, vestido enteramente de negro. De pie junto a la ventana, de espaldas a ellos, había hablado sin mirarlos.
— Está bien, Salomé, pero te voy a cobrar en especias —rió Tobías.
El otro no se dignó a contestarle y siguió mirando hacia afuera en silencio.
— Jaques tiene razón —terció Krazler—. Traeme la data chequeada y después hablamos.
Tobías se puso de pie sin dejar de sonreír y manoteó su chaqueta consultando la hora.
— Esta noche, jefe. Ahora tengo que ir a buscar a mi chica, y el romance suele ponerla locuaz.
Krazler y John lo vieron salir y cruzaron una mirada escéptica. Desde de la ventana llegó la voz de Jaques, suave y sin asomo de dudas.
— Todo lo que va a traer son datos falsos. La chica sabe o sospecha qué le compramos realmente a su viejo, y las preguntas de Tobías le van a dar mala espina. Va a contestar, sí, pero todas mentiras.
Krazler volvió a arquear las cejas, dubitativo.
*   *   *
 
Los ojos de Claudia se perdieron en el tránsito de autos y gente al otro lado de la vidriera. Frente a ella en la mesa, Boss se armó de paciencia, sabiendo que tenía que respetar su silencio. Era una suerte que la hubiera encontrado saliendo del laboratorio, sin necesidad de entrar y anunciarse. Y era una suerte que ella tuviera tiempo de tomar un café con su viejo amigo. La mentira que Slash había armado parecía haber pasado sin demasiados problemas. Era bastante tonta, pero le permitía dejar preguntas sin responder alegando que era información clasificada. En realidad, si lo pensaba un poco, lo que acababa de contarle a Claudia tenía ciertos visos de verdad. Run había aceptado tras cierta vacilación esta alternativa a su plan original, y Trash lo había tachado de “completa estupidez”, pero Boss prefería arriesgarse a pesar de los demasiados puntos débiles que ofrecía su historia.
Ahora contemplaba a su amiga en silencio. Se habían sentado en un rincón del local, donde terminaba la vidriera, y él se había ubicado de espaldas contra la pared, de manera que las cortinas recogidas con su enorme moño azul lo ocultaran a miradas indiscretas desde la calle y buena parte de las mesas. Pero la luz caía directamente sobre Claudia, revelándole los cambios que el tiempo operara en ella. Su actitud vivaz y espontánea no había cambiado, pero durante la conversación había creído percibir ciertos destellos de recelo en su mirada antes tan llana. Como midiendo qué se tiene que callar a medida que yo hablaba. De pronto Claudia apagó con un gesto brusco su cigarrillo recién prendido y lo enfrentó con una amplia sonrisa.
— Ya me parecía que eso del viaje era un verso —dijo, satisfecha—. ¿Renunciar a la cana por una beca de especialización? ¿Vos? ¡Vos naciste para ese uniforme de mierda! Aunque nunca te hubiera imaginado laburando encubierto —le palmeó una mano sobre la mesa con una risita—. Pero me alegra que me hayas contado la verdad.
Boss se limitó a asentir devolviéndole la sonrisa, pero ella no lo dejó contestar.
— No te preocupes por mí. Soy una tumba —aseguró.
Linda expresión estando en medio de semejante kilombo, gruñó él para sus adentros. Entonces ella pareció reparar en algo.
— ¡Mierda! ¡En casa conté que te había visto! ¡Y Tobías también te vio!
— No hay problema —Boss sonrió con gesto tranquilizador, como quien está acostumbrado a manejar contingencias de esa clase—. Si cualquiera te vuelve a preguntar por mí, decí que no me volviste a ver. Con eso alcanza.
— ¿Y tu vieja?
— Mi vieja sólo sabe lo indispensable para no preocuparse, y yo la llamo cada tanto. No se va a sorprender si se entera que vos me encontraste de casualidad y después volví a desaparecer.
Claudia rió meneando la cabeza.
— Una mina piola, tu vieja. Hubiera sido una buena suegra.
Boss sólo pudo quedarse mirándola con los ojos muy abiertos, ella volvió a reír con un guiño.
— No sé qué te hizo este laburo, pero te sienta bien. Te vestís mejor, el pelo más largo te queda bien, y ya no sos tan acartonado como antes. ¡Y ese arito! ¿Quién lo hubiera dicho de mi amigo el cadete? Te juro que si no estuviera de novio, te atracaría en el Parque cualquier noche de éstas.
— Ya, ya. Con ese anillo en el dedo cualquiera se va de boca.
Claudia hizo un bollito con una servilleta y se la tiró a la cara.
— ¿Ves? ¡Antes te hubieras puesto colorado y ahora me retrucás!
Boss sólo rió con ella.
 
 *   *   *
 
— Esto va a ser para kilombo.
Run alzó la vista de su libro para enfrentar a Trash, que se apoyara en el marco de su puerta con los brazos cruzados y el ceño más fruncido que de costumbre.
— ¿Esto? —repitió con calma, el libro todavía abierto frente a su cara.
— Esto —gruñó ella con un cabeceo—. Lo de esa minita. Va a ser para kilombo.
Atraído por sus voces, Slash salió de su cuarto para acercarse a Trash, que ni siquiera lo miró. Run arqueó las cejas, instándola a explicarse. Ella resopló con una mueca.
— Tobías la ve en el boliche, ¿no? Lo más posible es que esté ahí mientras hacen el negocio.
— Sí, seguro que los va a ayudar con la balanza...
Una breve mirada de Run silenció a Slash, que torció la boca meneando la cabeza.
— No seas boludo, querés —replicó Trash—. Estoy hablando de Boss. No doy dos mangos por sus nervios si huele el mínimo riesgo para su amiguita. Eso va a traer kilombo.
— ¿Estás celosa o me quedé sordo?
Trash giró en redondo para enfrentar a Slash con los ojos fulgurantes. Él se apoyó en la pared ante ella y se cruzó de brazos con sonrisa burlona.
— Todo bien, linda, total queda en familia.
Run vio cerrarse los puños de Trash y volvió a leer, desentendiéndose del asunto. Al fin y al cabo, cada quien es dueño de perder los dientes como más le gusta. Pero la chica sólo miró a Slash un momento más, las mandíbulas apretadas, como buscando qué contestar.
— Sos tan pelotudo —masculló al fin, cruzó el pasillo en dos zancadas y entró a su pieza, cerrando la puerta de un golpe.
Slash volvió a menear la cabeza con una risita.
Está celosa —señaló divertido.
— Sí, pero también tiene razón —contestó Run, con una breve mirada antes de seguir leyendo—. Tenemos que encontrar la forma de que Boss se quede atrás. No podemos arriesgarnos a que se corte solo como acostumbra y nos ponga en peligro a todos.
Slash se quedó en silencio, sopesando sus palabras. Después respiró hondo con una mueca y volvió a su pieza sin agregar más.
 
*   *   *
 
En los últimos días parecía haberse hecho común el silencio tenso a la hora de comer. Y ese almuerzo no era la excepción. De acuerdo al último informe de Rover, los Sterne recibirían a los compradores esa noche, pero Run había evitado cuidadosamente el tema y todavía no se habían sentado a planear cómo se moverían para frustrarles el negocio. Boss apartó su plato casi sin haber probado la comida y miró a los otros tres alternativamente, fijando su vista por último en Slash.
— Bien, ¿alguien se va a dignar a decirme qué carajo pasa?
Slash cabeceó en dirección a Run sin responder, Trash se fue a la cocina con la excusa de servirse más. Run terminó de masticar sin ninguna prisa, después se limpió la boca, tomó un trago de cerveza, se volvió a limpiar. Un segundo antes de que Boss estallara, lo enfrentó con su mirada tranquila.
— Esta noche vos no entrás con nosotros —dijo con suavidad, mirándolo de lleno a los ojos.
Las cejas de Boss formaron un arco perfectamente inquisitivo, la boca abierta, demasiado sorprendido para reaccionar.
¿¡Qué!? —exclamó cuando pudo hablar, retrepándose en la silla.
— No nos podemos arriesgar a ninguna distracción, Boss. Son los Sterne, no cualquier correo. Y con los Sterne no hay segundo intento. Si esta noche algo sale mal, lo más seguro es que alguno de nosotros, si no todos, no vuelva a casa.
Boss se reclinó contra el respaldo con una profunda inspiración, controlándose, y logró sonreír de costado asintiendo lentamente.
— Así que ustedes piensan que como entré último al grupo tengo menos experiencia en este tipo de situaciones... Creen que si la veo a Claudia ahí me voy a olvidar de todo y mandarlos a ustedes al asador por cuidarla. Que soy un pobre boludo que agarró su primer fierro ayer y que mis nervios son papel higiénico... Bien, me alegra saberlo.
Mientras hablaba se iba inclinando nuevamente hacia adelante, su acento cada vez más cortante y frío. Cuando amagó a levantarse, la mano de Slash se cerró sobre su brazo y lo mantuvo sentado. Boss lo enfrentó con tal expresión que el otro retiró la mano como si se hubiera quemado. Trash se había detenido con su plato lleno junto a la barra del desayunadero, detrás de Run, que ahogó un suspiro bajando la vista.
— No seas boludo, flaco —terció Slash en tono conciliador—. ¿Cómo vas a boquear así? ¿Te pensás que me olvido que ya me salvaste dos veces? ¿Te pensás que Run y Trash también se olvidan? ¿Qué no sabemos darnos cuenta de lo que valés?
— Es una cuestión de puro sentido común —intervino Run—. Imaginé que sabías que hay que evitar las implicaciones subjetivas, y que si las hay, no podemos tenerlas en primera línea en el momento de laburar.
Boss volvió a sonreír con ironía.
— Como él esa noche en el puerto, ¿no? —inquirió señalando a Slash—. O ella en lo de ese García. O vos en el boliche de tu amigo. ¿Por qué clase de boludo me tomás, Run? —apartó la silla y se paró meneando la cabeza—. Hagan lo que quieran. Vayan ustedes tres, a que les pateen el culo de nuevo. Me importa una mierda. Pero de camino al boliche, avísenle a Rover que llame al que me siga en la lista de repuestos.
Nadie le respondió ni trataron de detenerlo cuando dejó el comedor. Oyeron el portazo en su cuarto, el silencio espesándose entre ellos. Slash se volvió hacia Run con expresión apremiante, el otro había respirado hondo y vuelto a comer con la vista fija en el plato.
— ¿No pensás hacer nada? —murmuró Slash incrédulo.
Run lo enfrentó alzando las cejas. — ¿Hay algo que pueda hacer?
— Disculparte, como mínimo. Lo trataste como a un pendejo malcriado y lo sabés. Y también sabés que todo lo que dijo era cierto, y lo que le planteaste vos es mierda de paloma, no sirve ni para abono.
El otro sacudió la cabeza y siguió comiendo. El argumento alternativo, en ese contexto, iba a resultar más humillante que constructivo: ellos tres conocían a los Sterne y sabían demasiado bien a qué grados de crueldad se enfrentaban, mientras que Boss, por suerte para él, todavía no había tenido oportunidad de ver cuán lejos eran capaces de llegar los favoritos de Méndez. Y Run no quería que su primera vez fuera esa noche, con su amiga de por medio. Pero tampoco tenía sentido recordárselo a Slash. Él y Boss se habían acercado cada vez más, ahora Slash respaldaba la posición de su nuevo amigo sin vacilar. Y Run sabía que Trash y él no se bastaban solos para hacer lo de esa noche.
Slash masculló algo antes de vaciar su vaso, y estaba por hablar cuando Trash se acercó de pronto a Run y se paró junto a él hasta que la enfrentó. Ella los miró un momento a los dos, ceñuda, sacudió la cabeza enojada y salió del comedor también. La escucharon ir hasta el final del pasillo y golpear una puerta. Run sonrió de costado, anticipándose a Slash.
— Si ella no lo calma, al pedo que nosotros lo intentemos.
— ¿Qué decís? ¡Se van a cagar a piñas!
— Tal vez eso le resulte más sincero y efectivo. Siempre viene bien descargar tensiones, ¿no?
Slash se quedó con los ojos muy abiertos un momento, completamente desconcertado. Trash acababa de golpear de nuevo la puerta, esta vez con más fuerza. Slash largó una risita.
— Mejor llamá al Turco para que tenga todo listo. Por las dudas.
 
*   *   *
 
Boss estaba guardando su ropa en la mochila cuando golpearon la puerta. Estaba furioso, y de solo pensar en tener que aguantar de nuevo los fallidos diplomáticos de Slash o la calma distante de Run, las manos le hormigueaban. Si llegaba a escucharlos en los próximos... sesenta días, no estaba seguro de poder contener sus ganas de pegarles. Así que siguió sacando su ropa del placard y doblándola sobre la cama antes de guardarla. Hubiera preferido tirar todo adentro en dos minutos e irse, pero no quería tener que volver después a buscar lo que quedara, así que hacía su mochila a consciencia, aprovechando el espacio.
Volvieron a golpear la puerta. Varias veces ahora, y con bastante fuerza. Encajó las mandíbulas y abrió de un tirón, encontrándose a Trash con el puño en alto, dispuesta a seguir golpeando. Se mostró sorprendido un instante, pero cuando la chica abrió la boca para hablar le cerró la puerta en la cara. Del otro lado, Trash contuvo sus ganas de abrir de una patada y optó por la vía más convencional del picaporte. Entró sin ningún preámbulo, cerró y se apoyó de espaldas contra la puerta con las manos en los bolsillos. Boss decidió ignorarla y siguió guardando sus cosas en silencio. Cuando la mochila estuvo llena la cerró sin prisa, se puso su campera y se la colgó al hombro. No quedaban más que un par de remeras viejas en un estante, algún par de medias, un póster en la pared. Caminó hasta detenerse a dos pasos de Trash y cabeceó hacia el pasillo.
— Dejame pasar —dijo con calma.
Trash alzó las cejas con una mueca burlona.
— Realmente, no sos más pelotudo porque no te entrenás, ¿eh?
Boss digirió el asombro de que ella también hablara con calma y no se moviera.
— Trash...
Ella sacó sus cigarrillos y prendió uno lentamente. Boss la miró perplejo al ver que un amago de sonrisa le curvaba los labios. Aquello era una bravuconada abierta y explícita, pero una sonrisa suya no dejaba de ser lo más extraño que viera desde que llegara a esa casa... A pesar de que su catálogo de rarezas se había ampliado considerablemente a partir de ese día.
— No entendés una mierda, ¿no, miliquito? —terció ella muy tranquila, ahora tirándole el humo en la cara—. De tanto usar la gorra de cana se te encogió el cerebro.
Boss se obligó a no contestarle y se decidió por una expresión aburrida. La sonrisa de Trash se acentuó al tirar la ceniza en el piso.
— ¿Estás buscando que te corra, Trash? —preguntó él lo más suavemente que pudo—. Sabés que pegarle a las minas no es mi fuerte, pero puedo hacer una excepción.
— Una excepción sería que te mostraras inteligente una puta vez en la vida.
El acento de Trash se había endurecido, ni rastros de su sonrisa, su cara la mueca rabiosa de siempre. Avanzó hasta él y le clavó el índice en el pecho, empujándolo hacia atrás.
— Les importás, pedazo de boludo —siseó con los dientes apretados—. Por eso tratan de cuidarte de esos carniceros. Tienen miedo que maten a tu amiguita para hacerte saltar y después te maten a vos. Pero eso es demasiado para tu cerebro, ¿no?
Boss no ocultó su sorpresa al escucharla, pero se compuso enseguida y sonrió con ironía. Aquello pareció sacar de quicio a Trash, que tiró el cigarrillo y lo apagó de un pisotón corriéndose a un costado.
— Hacé lo que quieras —gruñó.
Él asintió y avanzó hasta la puerta, ahí se detuvo a mirarla por encima del hombro.
— Gracias —su voz era llana, sin segunda intención—.  Nunca imaginé que fueras a molestarte en venir a hablarme.
Trash se encogió de hombros volteando la cara para no mirarlo.
— Acerté cuando le dije a Run que tus nervios no valían un mango. Lo que no sabía era que tampoco tenías huevos.
El primer impulso de Boss fue cruzar el cuarto y golpearla como si fuera un hombre. Hasta que entendió. Entonces sintió que el estómago se le contraía con una carcajada súbita. Soltó la mochila y cruzó el cuarto; antes de que la chica reaccionara la abrazó con fuerza y le besó la cabeza riendo. Ahora la contracción en el estómago se debió al puño de Trash, que se hundió con toda su fuerza entre las costillas. Se dobló sobre sí mismo todavía riendo, ella lo empujó a un lado, haciéndolo caer sobre la cama, y se fue a paso rápido.
Por casualidad, Run y Slash habían recordado unos minutos atrás que tenían que sacar algo del depósito vecino al cuarto de Boss. También por casualidad, salieron del depósito justo cuando Trash se dirigía casi corriendo a su propio dormitorio. Pero ellos alcanzaron a notar la cara colorada como su pelo y la respiración agitada. Slash se tapó la boca para no largar la risotada ahí mismo. Run suspiró sonriendo y le sacó las cosas de las manos antes de que se le cayeran.
— Día de portazos temperamentales —terció—. Otra crisis como ésta y vamos a tener que cambiar todas las puertas.
— Otra crisis como ésta y vas a ser tío —replicó Slash sin aguantar la risa.
En ese momento se asomó Boss al corredor, la campera todavía puesta, un brazo todavía apretándole el estómago. También se lo veía divertido. Los señaló menenado la cabeza, buscó aire para hablar, rió por lo bajo.
— La próxima vez vengan ustedes, cobardes, así por lo menos puedo devolver el golpe.
Run ya había entrado y salido del baño, le tiró un pote que Boss atajó en el aire.
— Desinflamatorio —informó sonriendo—. Menos mal que no fue en la cara de nuevo. Esta noche tenemos que estar todos al 200%.
 
*   *   *
 
— ¿Seguro que querés ir adentro? Porque...
— Querés ver si está la minita.
El acento agrio de Trash intrrumpió a Slash, pero Boss sólo volvió a asentir con sonrisa paciente. Ella chasqueó la lengua con desdén y le dio la espalda con la excusa de volver a chequear sus armas. Run lo observaba en silencio por el espejo retrovisor. Él sonrió por enésima vez.
— Pueden llamarlo el famoso plan B. Si estos Sterne son tan jodidos como ustedes aseguran, siempre es bueno tener un plan B a mano, ¿no? —miró directo a los ojos de Run en el espejo—. Tal vez no podamos cortar la luz desde afuera, o surja cualquier otro imprevisto.
— Te preferiría en el techo de enfrente, cubriéndonos...
Boss palmeó el hombro de Trash, que se sacudió su mano como si fuera una culebra.
— Esta noche yo apostaría más a la puntería de ella que a la mía.
Run sólo asintió y tornó a mirar hacia delante, justo cuando el semáforo se ponía en verde. Slash seguía dado vuelta en su asiento, observándolo.
— Me gustaría saber qué mierda esperás que pase...
— Ojalá que nada.
Una mirada fugaz de Run acalló el siguiente comentario de Slash y nadie más habló durante el resto del viaje. Cuando tuvieron la camioneta estacionada en el callejón que se abría al costado del boliche, los sensores mostraron que la oficina trasera, donde se suponía que harían el negocio, estaba vacía. Había tres personas en la oficina vecina, pero la dejaron bien pronto, bajaron hasta el segundo nivel del boliche y volvieron al local por el depósito de ese nivel.
— ¿Sólo tres? —murmuró Slash frunciendo el ceño.
— Cuatro como mínimo, si no los cinco —terció Run con una mueca—. Bien, salimos.
Trash saltó primera a la calle, Run la siguió, Boss se demoró junto a Slash, que tenía que quedarse monitoreando hasta que llegaran los clientes.
— ¿Está lista la pocket? —le susurró Boss antes de irse—. Tenela a mano.
Slash sólo asintió con una mueca de incomprensión, pero sabía que  ya no había tiempo para preguntas. Siguió en su monitor a los otros tres que se alejaron a toda prisa y se separaron para cubrir la cuadra de la entrada posterior del inmenso cubo de cemento que era el boliche. Pronto tuvo en funcionamiento la cámara que se llevara Run, que le permitía monitorear varias cuadras de esa calle desde el nivel del piso. Un momento después se activaba la de Boss, mostrando el otro extremo de la calle. Por último la de Trash, desde el techo del edificio de enfrente, a cuatro pisos de altura. Entonces detectó movimiento cerca de la conexión eléctrica. Run y Boss también habían visto al  tipo parado junto al pilar.
— John —susurró Run.
— Ése me debe una —gruñó Trash desde arriba.
— Guardalo para el postre, linda —replicó Slash.
— Tsk...
— Viene un auto —interrumpió Boss, apurándose a esconderse en un umbral a oscuras sobre la calle transversal, sin tiempo de reacomodar la cámara.
— Y ahí salen a recibirlos —agregó Slash.
— Tobías —Trash pareció escupir el nombre.
— Con alguien más —murmuró Run, arrepintiéndose de haber hablado en el mismo momento de hacerlo.
Un auto grande, importado, a todas luces caro, se acercaba a la posición de Boss a escasa velocidad, y él no podía arriesgarse a salir de su escondite para asomarse a la esquina.
— ¿Quién es? —su susurro fue perentorio.
— Tu mina —replicó Trash.
En ese momento dos hombres más salieron del boliche.
— Mierda. Jaques y Krazler —masculló Run.
— Lindo show el de esta noche. Ojalá pudiéramos ponerles una bomba —gruñó Slash.
— Esperá a que saquemos a los dos mil carneros de adentro —terció Boss aplastándose contra la puerta tras él mientras el auto pasaba y se detenía unos metros más allá. Dos tipos armados con automáticas medianas se apearon y caminaron a paso rápido hacia el boliche. Uno se quedó en mitad de la calle, el otro fue hasta el grupito en la entrada posterior y después siguió hacia la otra esquina. El auto volvió a avanzar con lentitud hasta detenerse frente a Tobías y a Claudia.
— Mierda con la seguridad. ¿Bin Laden o el papa?
Nadie respondió al chiste de Slash. Boss había retrocedido hacia la esquina, se asomó y volvió a esconderse.
— Run, vení. ¿Te bancás sola, Trash?
— A estos y a veinte más.
Run vaciló al escuchar a Boss, mientras Slash reía para sus adentros de cómo su amigo había formulado la pregunta de tal manera que era obvio que la chica contestara así.
— Run, la están usando de escudo –agregó Boss—. Ya saben que estamos acá. Si matamos al cliente la van a fusilar. Y ese John sigue al lado del pilar. Apenas entren, andá a la van.
Run no respondió. La puerta no había terminado de cerrarse cuando vio una sombra que cruzaba en cuatro pasos la calle y se hundía en el callejón lateral. Aún vacilaba, pero prefirió confiar en su instinto, y éste le decía que Boss no estaba actuando de atolondrado. Sólo había puesto en marcha su famoso plan B.
 
*   *   *
Boss guió a Run hacia la entrada del boliche sin atender a la larguísima cola que se formara ante la puerta. Habían cambiado sus pantalones por jeans a toda prisa, y llevaban los intercom en los bolsillos de las camperas. Al llegar a la entrada, vieron que del otro lado había otra fila igual: los que pretendían ser conocidos de alguien para entrar gratis. Boss ignoró también ésa, sacó una tarjeta de su billetera y encaró al encargado sin titubear. El tipo, bajo y esmirriado pero con un gigante inflado de anabólicos detrás, le clavó una mirada fulgurante; no le gustaba que nadie salteara el “control de admisión”, su pequeña parodia de poder. Pero apenas leyó la tarjeta esbozó una sonrisa falsa y se hizo a un lado invitándolos a pasar con un ademán. Le susurró algo al gigante y los acompañó para que no los obligaran a pasar por el detector de metales. Boss le agradeció con aire distraído y le indicó a Run que lo siguiera. El otro se dejó guiar hacia el fondo del local y la barra del nivel inferior, se detuvieron antes de sobrepasar la pista y Boss lo encaró muy serio.
— Hacete el descompuesto. Claudia está ahí, sola, y vamos a ir con ella.
Run sólo atinó a asentir, un poco sorprendido por el acento bajo y reconcentrado de su compañero. Estaba acostumbrado a la actitud dócil y amistosa de Boss, nunca antes le había escuchado ese tono ni visto esa expresión en los ojos, que le endurecía por completo el semblante amable, siempre con tendencia a sonreír. Boss pasó un brazo bajo los de Run, que se llevó una mano a la cabeza gacha y se dejó guiar a través de la gente. Boss lo hizo sentar en uno de los banquillos y lo dejó ahí con una última mirada. Un minuto después volvía con Claudia, que enseguida se acercó a Run con expresión preocupada y se inclinó para verle los ojos.
— Hola, soy Claudia, mucho gusto, ¿te bajó la presión?
— Laureano, qué tal. Sí, casi me caigo redondo en medio de la pista. Me quedé sin aire...
— Hoy hay mucha gente... necesitás algo dulce...
— ¿No hay ningún lugar tranquilo para llevarlo hasta que se le pase? — la interrumpió Boss dominando el estruendo de la música.
La chica dudó un momento, después asintió con un cabeceo enérgico e insistió en ayudar a su amigo a cargar a Run hacia el final de la barra. Ahí abrió una puerta disimulada en la pared y los hizo pasar a un corredor estrecho y sin luces. Tanteando a la derecha encontró un picaporte, abrió la puerta, manoteó el interruptor. La luz mostró una oficina estrecha pero elegante, y Boss y Run contuvieron su alegría al ver en uno de los rincones, casi detrás de un modular con botellas y vasos, una caja de llaves eléctricas.
— Pasen, pasen — apremió Claudia señalando un sillón de un cuerpo en la pared de enfrente, y se empeñó en acompañar a Run hasta sentarlo en él. Boss se apresuró a cerrar la puerta, haciendo girar también la traba.
— ¿De quién esta oficina?
Ella giró para enfrentarlo, sorprendida por su acento, y al ver su expresión frunció el ceño.
— De Tobías, ¿por qué?
— Y no tener tiempo de revisarla —gruñó él—. Escuchame, Claudia, quiero que me prestes atención y hagas todo lo que te digo, ¿ok?
Ella asintió, más perpleja a cada palabra suya. Boss se acercó y le sujetó los brazos, mirándola de lleno a los ojos.
— Ahora quiero que agarrés tus cosas y te vayas a tu casa. Ya mismo, ¿entendiste? —miró a Run por encima de la cabeza de la chica y cabeceó hacia la caja de llaves en la pared.
Claudia se volvió hacia Run frunciendo el ceño al verlo moverse sin problemas, más aún al ver la minicomputadora que sacaba de un bolsillo y los cables que salían del otro. Giró hacia Boss interrogante.
— Estoy laburando, Claudia —dijo él, y asintió al ver la muda pregunta en los ojos de ella—. Sí, él trabaja conmigo.
— Los... Esos tipos que llegaron hace un rato, ¿no? —murmuró la chica turbada.
Run giró en redondo al escucharla, una mirada de Boss lo silenció, empezó a conectar los cables a la pocket y a las llaves en silencio.
— Tobías me obligó a salir a recibirlos... parecían mafiosos, con esos guardias armados en plena calle... —Claudia se interrumpió abriendo mucho los ojos—. ¡Era por eso que te encontré acá...! ¡Dios mío! ¡Y son clientes del jefe de Tobías! ¿Vos creés que él también...?
— No sé, y no creo que te convenga preguntarle, por las dudas. Ahora haceme caso: agarrá tus cosas y andate. No pidas un taxi desde acá. Quiero que en dos minutos estés en la calle.
Ella asintió de inmediato y descolgó un tapado negro y una cartera del perchero de la puerta. Volvió a detenerse frente a Boss, a sólo un paso de él, y lo miró un momento con una vaga sonrisa. Su mano se alzó para acariciarle la mejilla con suavidad.
— Cuidate, querés.
Boss sintió que todas sus barreras amenazaban derrumbarse ante esa mirada tan llena de confianza y afecto. Le sujetó la mano, deteniéndola, y sacó su intercom del bolsillo. Le sacó con facilidad el rastreador y se lo dio, ajustándose el micrófono a su oído.
— Tomá, ponelo entre tu ropa. Slash, ¿me copiás?
Claudia se quedó con el diminuto aparato en la mano, sus ojos moviéndose de él a su amigo. Oyó el susurro proveniente del intercom de Boss.
— Le di mi localizador a Claudia, ¿lo tenés? Bien, voy a dejar la pocket prendida, seguime con eso. Ok —volvió a mirar a la chica y le sonrió con ternura—. Ahora andate derecho a tu casa, y tira eso antes de entrar, ¿sí?
Ella se apresuró a asentir y vaciló un momento, después deslizó el rastreador bajo el escote de su vestido con un guiño.
— Supongo que ahí está seguro.
— Hoy en día, y con vos...
Ríeron brevemente, con voz entrecortada. Boss cabeceó en dirección a la puerta, ella asintió y salió sin mirar atrás.
— ¿Cómo van? —preguntó Slash en cuanto escuchó la clave sonora de Run.
— Ya casi. En un par de minutos lo tengo —respondió el otro—. ¿En qué están?
— Me gustaría saberlo. Todavía no pasaron a la oficina grande. Hay dos Sterne con los dos tipos en la oficina de al lado. En la grande hay un par moviéndose, me huelo los guardaespaldas del comprador revisando que el lugar sea seguro.
— Son esos dos —confirmó Trash.
— ¿Tenés un buen tiro desde ahí? —inquirió Boss estudiando atentamente las paredes y el techo de la oficina.
— Salvo que se pongan en un rincón junto a las ventanas, los puedo bajar con el rifle común.
— Listo —dijo Run entonces, desconectando rápidamente la pocket y dándosela a Boss—. En cinco minutos estamos ahí.
 
*   *   *
 
— ¿Adónde vas tan apurada?
Claudia se estremeció al sentir que le sujetaban la mano, deteniéndola. Trató de sonreír para enfrentar a Tobías, que deslizó un brazo por su cintura.
— A casa, me siento medio floja... te busqué para avisarte, y como no te encontré...
— ¿Medio floja? —los ojos negros de Tobías brillaban detrás del flequillo. La voz de la chica temblaba un poco, y el pelo no ocultaba del todo el sudor en su frente, se la tocó con amplia sonrisa— No te me habrás enfermado...
Ella dominó la súbita repulsión cuando la tocó y sacudió la cabeza llevándose una mano al vientre.
— No, tengo un poco de dolores, estoy en fecha, ya viste cómo soy...
— ¿Por qué no recostás en mi oficina? No puedo llevarte hasta que esta gente se vaya, y no quiero que andes sola...
— Está bien, mi amor... —casi se atragantó al decirlo, se forzó a controlarse cuanto pudiera—. Llamame un taxi y list...
— Pero lo vi a tu amiguito por ahí, ¿te vas a ir sin saludarlo?
Ahora Tobías percibió sin dificultad el escalofrío que corrió por la espalda de la chica. Volvió a sonreír guiándola de vuelta hacia el fondo del local.
— Vení, tengo analgésicos en la oficina. Y mientras vos te tomás uno, yo busco a tu amigo y te lo llevo para que te haga compañía, ¿te parece, amor?
Claudia se detuvo bruscamente y menó la cabeza con energía.
— No, no, Tobías, me quiero ir a casa, a dormir. Si no me podés llevar, llamame un auto y seguí trabajando.
Él se inclinó para hablarle al oído, disfrutando el temblor que la sacudió de pies a cabeza al escucharlo.
— Tengo una noche bastante difícil, querida. No te pongas molesta, por favor, que hoy no tengo paciencia para caprichos. Te dije que vamos a mi oficina, así que caminá.
En el momento en que Claudia, agitada y temblorosa, daba el primer paso, todo el inmenso local quedó a oscuras. Sintió que Tobías retiraba el brazo de su cintura para aferrarle la mano y arrastrarla tras él mascullando algo entre dientes. Trató de resistirse. En medio de la muchedumbre que se apretaba voceando en la oscuridad, Tobías le dio una cachetada y se la llevó apartando a la gente a empujones. Cuando las luces de emergencia se prendieron, ya habían desaparecido tras la puerta junto a la barra.
 
*   *   *
 
Boss y Run dejaron el boliche en medio de la multitud que salía y se perdieron entre la gente hacia el callejón lateral. Cuando llegaron a la van, Slash los esperaba con sus armas listas.
— ¿Y Claudia? —preguntó Boss chequeando la carga de su rifle.
— Ya debe haber salido —replicó Slash recibiendo las camperas de los dos.
Boss alzó la vista hacia el monitor de los rastreadores y frunció el ceño.
— ¿Qué es eso?
— Apuren el trámite —gruñó Trash desde su posición.
Slash miró con él, masculló algo entre dientes sentándose de un salto en su lugar y activó el sensor de calor de los rastreadores. Run notó la gota de sudor que resbaló desde su sien cuando el monitor mostró el resultado.
— ¡Mierda! Volvió a la oficina. Y no está sola.
Boss se inclinó junto a él apoyando una mano en su hombro. Slash alcanzó a mirar de reojo a Run, que suprimió un suspiro demasiado sincero para ser oído. El monitor acababa de mostrar que Claudia estaba forcejeando con un hombre armado. Boss retrocedió con ojos fulgurantes y enfrentó a Run, que ocupaba la salida de la camioneta.
— ¿Vas a ir a buscarla?
— ¿Dejo que la maten por ayudarnos?
— Están entrando —avisó Slash señalando el monitor que mostraba la oficina trasera.
— Están todos —confirmó Trash—. Sólo falta Tobías.
Run frunció el ceño interrogante, vio el cabeceo afirmativo de Slash, se hizo a un lado.
— Slash, dejá eso y vení. Tenemos que terminar esto rápido.
Boss ya estaba revisando la puerta lateral para ver cómo abrirla. Forzó la cerradura y giró hacia la van, estacionada entre otros autos a pocos metros. Run sorteaba los vehículos hacia la calle posterior. Boss vio su gesto, creyó adivinar una breve sonrisa. Slash llegó corriendo junto a él, el rifle colgando a su espalda.
— Seguí este pasillo. Es la primera puerta a tu izquierda, de este lado —dijo rápidamente, y se alejó para alcanzar a Run, que ya estaba a mitad de camino.
— No te hagas el héroe —oyeron que gruñía Trash, que esa noche parecía haber hecho gárgaras de vinagre.
Boss le sacó el seguro a su 9 milímetros y se hundió en el corredor a oscuras.
 
*   *   *
 
Todo daba vueltas, la cabeza dolía, especialmente en la parte de atrás, donde sentía la piel tensándose sobre un chichón que crecía. Una sombra: la sombra de una cabeza inclinándose sobre él. La dureza firme y uniforme del piso bajo su espalda. Una mano que presionaba suavemente su frente y la acariciaba. Luchó por abrir los ojos. Su mirada desenfocada alcanzó a reconocer la cara de Claudia muy cerca de la suya, bañada en lágrimas. Algo la apartó bruscamente, tirando de ella hacia atrás. Sintió una patada sin fuerza en su costado. Alguien más quería que despertara. Logró que sus párpados se separaran del todo y frunció el ceño al encontrar la sonrisa cínica e indolente de Tobías allá arriba, el techo de fondo.
El acento agrio de Trash intrrumpió a Slash, pero Boss sólo volvió a asentir con sonrisa paciente. Ella chasqueó la lengua con desdén y le dio la espalda con la excusa de volver a chequear sus armas. Run lo observaba en silencio por el espejo retrovisor. Él sonrió por enésima vez.
— Pueden llamarlo el famoso plan B. Si estos Sterne son tan jodidos como ustedes aseguran, siempre es bueno tener un plan B a mano, ¿no? —miró directo a los ojos de Run en el espejo—. Tal vez no podamos cortar la luz desde afuera, o surja cualquier otro imprevisto.
— Te preferiría en el techo de enfrente, cubriéndonos...
Boss palmeó el hombro de Trash, que se sacudió su mano como si fuera una culebra.
— Esta noche yo apostaría más a la puntería de ella que a la mía.
Run sólo asintió y tornó a mirar hacia delante, justo cuando el semáforo se ponía en verde. Slash seguía dado vuelta en su asiento, observándolo.
— Me gustaría saber qué mierda esperás que pase...
— Ojalá que nada.
Una mirada fugaz de Run acalló el siguiente comentario de Slash y nadie más habló durante el resto del viaje. Cuando tuvieron la camioneta estacionada en el callejón que se abría al costado del boliche, los sensores mostraron que la oficina trasera, donde se suponía que harían el negocio, estaba vacía. Había tres personas en la oficina vecina, pero la dejaron bien pronto, bajaron hasta el segundo nivel del boliche y volvieron al local por el depósito de ese nivel.
— ¿Sólo tres? —murmuró Slash frunciendo el ceño.
— Cuatro como mínimo, si no los cinco —terció Run con una mueca—. Bien, salimos.
Trash saltó primera a la calle, Run la siguió, Boss se demoró junto a Slash, que tenía que quedarse monitoreando hasta que llegaran los clientes.
— ¿Está lista la pocket? —le susurró Boss antes de irse—. Tenela a mano.
Slash sólo asintió con una mueca de incomprensión, pero sabía que  ya no había tiempo para preguntas. Siguió en su monitor a los otros tres que se alejaron a toda prisa y se separaron para cubrir la cuadra de la entrada posterior del inmenso cubo de cemento que era el boliche. Pronto tuvo en funcionamiento la cámara que se llevara Run, que le permitía monitorear varias cuadras de esa calle desde el nivel del piso. Un momento después se activaba la de Boss, mostrando el otro extremo de la calle. Por último la de Trash, desde el techo del edificio de enfrente, a cuatro pisos de altura. Entonces detectó movimiento cerca de la conexión eléctrica. Run y Boss también habían visto al  tipo parado junto al pilar.
— John —susurró Run.
— Ése me debe una —gruñó Trash desde arriba.
— Guardalo para el postre, linda —replicó Slash.
— Tsk...
— Viene un auto —interrumpió Boss, apurándose a esconderse en un umbral a oscuras sobre la calle transversal, sin tiempo de reacomodar la cámara.
— Y ahí salen a recibirlos —agregó Slash.
— Tobías —Trash pareció escupir el nombre.
— Con alguien más —murmuró Run, arrepintiéndose de haber hablado en el mismo momento de hacerlo.
Un auto grande, importado, a todas luces caro, se acercaba a la posición de Boss a escasa velocidad, y él no podía arriesgarse a salir de su escondite para asomarse a la esquina.
— ¿Quién es? —su susurro fue perentorio.
— Tu mina —replicó Trash.
En ese momento dos hombres más salieron del boliche.
— Mierda. Jaques y Krazler —masculló Run.
— Lindo show el de esta noche. Ojalá pudiéramos ponerles una bomba —gruñó Slash.
— Esperá a que saquemos a los dos mil carneros de adentro —terció Boss aplastándose contra la puerta tras él mientras el auto pasaba y se detenía unos metros más allá. Dos tipos armados con automáticas medianas se apearon y caminaron a paso rápido hacia el boliche. Uno se quedó en mitad de la calle, el otro fue hasta el grupito en la entrada posterior y después siguió hacia la otra esquina. El auto volvió a avanzar con lentitud hasta detenerse frente a Tobías y a Claudia.
— Mierda con la seguridad. ¿Bin Laden o el papa?
Nadie respondió al chiste de Slash. Boss había retrocedido hacia la esquina, se asomó y volvió a esconderse.
— Run, vení. ¿Te bancás sola, Trash?
— A estos y a veinte más.
Run vaciló al escuchar a Boss, mientras Slash reía para sus adentros de cómo su amigo había formulado la pregunta de tal manera que era obvio que la chica contestara así.
— Run, la están usando de escudo –agregó Boss—. Ya saben que estamos acá. Si matamos al cliente la van a fusilar. Y ese John sigue al lado del pilar. Apenas entren, andá a la van.
Run no respondió. La puerta no había terminado de cerrarse cuando vio una sombra que cruzaba en cuatro pasos la calle y se hundía en el callejón lateral. Aún vacilaba, pero prefirió confiar en su instinto, y éste le decía que Boss no estaba actuando de atolondrado. Sólo había puesto en marcha su famoso plan B.
 
*   *   *
Boss guió a Run hacia la entrada del boliche sin atender a la larguísima cola que se formara ante la puerta. Habían cambiado sus pantalones por jeans a toda prisa, y llevaban los intercom en los bolsillos de las camperas. Al llegar a la entrada, vieron que del otro lado había otra fila igual: los que pretendían ser conocidos de alguien para entrar gratis. Boss ignoró también ésa, sacó una tarjeta de su billetera y encaró al encargado sin titubear. El tipo, bajo y esmirriado pero con un gigante inflado de anabólicos detrás, le clavó una mirada fulgurante; no le gustaba que nadie salteara el “control de admisión”, su pequeña parodia de poder. Pero apenas leyó la tarjeta esbozó una sonrisa falsa y se hizo a un lado invitándolos a pasar con un ademán. Le susurró algo al gigante y los acompañó para que no los obligaran a pasar por el detector de metales. Boss le agradeció con aire distraído y le indicó a Run que lo siguiera. El otro se dejó guiar hacia el fondo del local y la barra del nivel inferior, se detuvieron antes de sobrepasar la pista y Boss lo encaró muy serio.
— Hacete el descompuesto. Claudia está ahí, sola, y vamos a ir con ella.
Run sólo atinó a asentir, un poco sorprendido por el acento bajo y reconcentrado de su compañero. Estaba acostumbrado a la actitud dócil y amistosa de Boss, nunca antes le había escuchado ese tono ni visto esa expresión en los ojos, que le endurecía por completo el semblante amable, siempre con tendencia a sonreír. Boss pasó un brazo bajo los de Run, que se llevó una mano a la cabeza gacha y se dejó guiar a través de la gente. Boss lo hizo sentar en uno de los banquillos y lo dejó ahí con una última mirada. Un minuto después volvía con Claudia, que enseguida se acercó a Run con expresión preocupada y se inclinó para verle los ojos.
— Hola, soy Claudia, mucho gusto, ¿te bajó la presión?
— Laureano, qué tal. Sí, casi me caigo redondo en medio de la pista. Me quedé sin aire...
— Hoy hay mucha gente... necesitás algo dulce...
— ¿No hay ningún lugar tranquilo para llevarlo hasta que se le pase? — la interrumpió Boss dominando el estruendo de la música.
La chica dudó un momento, después asintió con un cabeceo enérgico e insistió en ayudar a su amigo a cargar a Run hacia el final de la barra. Ahí abrió una puerta disimulada en la pared y los hizo pasar a un corredor estrecho y sin luces. Tanteando a la derecha encontró un picaporte, abrió la puerta, manoteó el interruptor. La luz mostró una oficina estrecha pero elegante, y Boss y Run contuvieron su alegría al ver en uno de los rincones, casi detrás de un modular con botellas y vasos, una caja de llaves eléctricas.
— Pasen, pasen — apremió Claudia señalando un sillón de un cuerpo en la pared de enfrente, y se empeñó en acompañar a Run hasta sentarlo en él. Boss se apresuró a cerrar la puerta, haciendo girar también la traba.
— ¿De quién esta oficina?
Ella giró para enfrentarlo, sorprendida por su acento, y al ver su expresión frunció el ceño.
— De Tobías, ¿por qué?
— Y no tener tiempo de revisarla —gruñó él—. Escuchame, Claudia, quiero que me prestes atención y hagas todo lo que te digo, ¿ok?
Ella asintió, más perpleja a cada palabra suya. Boss se acercó y le sujetó los brazos, mirándola de lleno a los ojos.
— Ahora quiero que agarrés tus cosas y te vayas a tu casa. Ya mismo, ¿entendiste? —miró a Run por encima de la cabeza de la chica y cabeceó hacia la caja de llaves en la pared.
Claudia se volvió hacia Run frunciendo el ceño al verlo moverse sin problemas, más aún al ver la minicomputadora que sacaba de un bolsillo y los cables que salían del otro. Giró hacia Boss interrogante.
— Estoy laburando, Claudia —dijo él, y asintió al ver la muda pregunta en los ojos de ella—. Sí, él trabaja conmigo.
— Los... Esos tipos que llegaron hace un rato, ¿no? —murmuró la chica turbada.
Run giró en redondo al escucharla, una mirada de Boss lo silenció, empezó a conectar los cables a la pocket y a las llaves en silencio.
— Tobías me obligó a salir a recibirlos... parecían mafiosos, con esos guardias armados en plena calle... —Claudia se interrumpió abriendo mucho los ojos—. ¡Era por eso que te encontré acá...! ¡Dios mío! ¡Y son clientes del jefe de Tobías! ¿Vos creés que él también...?
— No sé, y no creo que te convenga preguntarle, por las dudas. Ahora haceme caso: agarrá tus cosas y andate. No pidas un taxi desde acá. Quiero que en dos minutos estés en la calle.
Ella asintió de inmediato y descolgó un tapado negro y una cartera del perchero de la puerta. Volvió a detenerse frente a Boss, a sólo un paso de él, y lo miró un momento con una vaga sonrisa. Su mano se alzó para acariciarle la mejilla con suavidad.
— Cuidate, querés.
Boss sintió que todas sus barreras amenazaban derrumbarse ante esa mirada tan llena de confianza y afecto. Le sujetó la mano, deteniéndola, y sacó su intercom del bolsillo. Le sacó con facilidad el rastreador y se lo dio, ajustándose el micrófono a su oído.
— Tomá, ponelo entre tu ropa. Slash, ¿me copiás?
Claudia se quedó con el diminuto aparato en la mano, sus ojos moviéndose de él a su amigo. Oyó el susurro proveniente del intercom de Boss.
— Le di mi localizador a Claudia, ¿lo tenés? Bien, voy a dejar la pocket prendida, seguime con eso. Ok —volvió a mirar a la chica y le sonrió con ternura—. Ahora andate derecho a tu casa, y tira eso antes de entrar, ¿sí?
Ella se apresuró a asentir y vaciló un momento, después deslizó el rastreador bajo el escote de su vestido con un guiño.
— Supongo que ahí está seguro.
— Hoy en día, y con vos...
Ríeron brevemente, con voz entrecortada. Boss cabeceó en dirección a la puerta, ella asintió y salió sin mirar atrás.
— ¿Cómo van? —preguntó Slash en cuanto escuchó la clave sonora de Run.
— Ya casi. En un par de minutos lo tengo —respondió el otro—. ¿En qué están?
— Me gustaría saberlo. Todavía no pasaron a la oficina grande. Hay dos Sterne con los dos tipos en la oficina de al lado. En la grande hay un par moviéndose, me huelo los guardaespaldas del comprador revisando que el lugar sea seguro.
— Son esos dos —confirmó Trash.
— ¿Tenés un buen tiro desde ahí? —inquirió Boss estudiando atentamente las paredes y el techo de la oficina.
— Salvo que se pongan en un rincón junto a las ventanas, los puedo bajar con el rifle común.
— Listo —dijo Run entonces, desconectando rápidamente la pocket y dándosela a Boss—. En cinco minutos estamos ahí.
 
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— ¿Adónde vas tan apurada?
Claudia se estremeció al sentir que le sujetaban la mano, deteniéndola. Trató de sonreír para enfrentar a Tobías, que deslizó un brazo por su cintura.
— A casa, me siento medio floja... te busqué para avisarte, y como no te encontré...
— ¿Medio floja? —los ojos negros de Tobías brillaban detrás del flequillo. La voz de la chica temblaba un poco, y el pelo no ocultaba del todo el sudor en su frente, se la tocó con amplia sonrisa— No te me habrás enfermado...
Ella dominó la súbita repulsión cuando la tocó y sacudió la cabeza llevándose una mano al vientre.
— No, tengo un poco de dolores, estoy en fecha, ya viste cómo soy...
— ¿Por qué no recostás en mi oficina? No puedo llevarte hasta que esta gente se vaya, y no quiero que andes sola...
— Está bien, mi amor... —casi se atragantó al decirlo, se forzó a controlarse cuanto pudiera—. Llamame un taxi y list...
— Pero lo vi a tu amiguito por ahí, ¿te vas a ir sin saludarlo?
Ahora Tobías percibió sin dificultad el escalofrío que corrió por la espalda de la chica. Volvió a sonreír guiándola de vuelta hacia el fondo del local.
— Vení, tengo analgésicos en la oficina. Y mientras vos te tomás uno, yo busco a tu amigo y te lo llevo para que te haga compañía, ¿te parece, amor?
Claudia se detuvo bruscamente y menó la cabeza con energía.
— No, no, Tobías, me quiero ir a casa, a dormir. Si no me podés llevar, llamame un auto y seguí trabajando.
Él se inclinó para hablarle al oído, disfrutando el temblor que la sacudió de pies a cabeza al escucharlo.
— Tengo una noche bastante difícil, querida. No te pongas molesta, por favor, que hoy no tengo paciencia para caprichos. Te dije que vamos a mi oficina, así que caminá.
En el momento en que Claudia, agitada y temblorosa, daba el primer paso, todo el inmenso local quedó a oscuras. Sintió que Tobías retiraba el brazo de su cintura para aferrarle la mano y arrastrarla tras él mascullando algo entre dientes. Trató de resistirse. En medio de la muchedumbre que se apretaba voceando en la oscuridad, Tobías le dio una cachetada y se la llevó apartando a la gente a empujones. Cuando las luces de emergencia se prendieron, ya habían desaparecido tras la puerta junto a la barra.
 
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Boss y Run dejaron el boliche en medio de la multitud que salía y se perdieron entre la gente hacia el callejón lateral. Cuando llegaron a la van, Slash los esperaba con sus armas listas.
— ¿Y Claudia? —preguntó Boss chequeando la carga de su rifle.
— Ya debe haber salido —replicó Slash recibiendo las camperas de los dos.
Boss alzó la vista hacia el monitor de los rastreadores y frunció el ceño.
— ¿Qué es eso?
— Apuren el trámite —gruñó Trash desde su posición.
Slash miró con él, masculló algo entre dientes sentándose de un salto en su lugar y activó el sensor de calor de los rastreadores. Run notó la gota de sudor que resbaló desde su sien cuando el monitor mostró el resultado.
— ¡Mierda! Volvió a la oficina. Y no está sola.
Boss se inclinó junto a él apoyando una mano en su hombro. Slash alcanzó a mirar de reojo a Run, que suprimió un suspiro demasiado sincero para ser oído. El monitor acababa de mostrar que Claudia estaba forcejeando con un hombre armado. Boss retrocedió con ojos fulgurantes y enfrentó a Run, que ocupaba la salida de la camioneta.
— ¿Vas a ir a buscarla?
— ¿Dejo que la maten por ayudarnos?
— Están entrando —avisó Slash señalando el monitor que mostraba la oficina trasera.
— Están todos —confirmó Trash—. Sólo falta Tobías.
Run frunció el ceño interrogante, vio el cabeceo afirmativo de Slash, se hizo a un lado.
— Slash, dejá eso y vení. Tenemos que terminar esto rápido.
Boss ya estaba revisando la puerta lateral para ver cómo abrirla. Forzó la cerradura y giró hacia la van, estacionada entre otros autos a pocos metros. Run sorteaba los vehículos hacia la calle posterior. Boss vio su gesto, creyó adivinar una breve sonrisa. Slash llegó corriendo junto a él, el rifle colgando a su espalda.
— Seguí este pasillo. Es la primera puerta a tu izquierda, de este lado —dijo rápidamente, y se alejó para alcanzar a Run, que ya estaba a mitad de camino.
— No te hagas el héroe —oyeron que gruñía Trash, que esa noche parecía haber hecho gárgaras de vinagre.
Boss le sacó el seguro a su 9 milímetros y se hundió en el corredor a oscuras.
 
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Todo daba vueltas, la cabeza dolía, especialmente en la parte de atrás, donde sentía la piel tensándose sobre un chichón que crecía. Una sombra: la sombra de una cabeza inclinándose sobre él. La dureza firme y uniforme del piso bajo su espalda. Una mano que presionaba suavemente su frente y la acariciaba. Luchó por abrir los ojos. Su mirada desenfocada alcanzó a reconocer la cara de Claudia muy cerca de la suya, bañada en lágrimas. Algo la apartó bruscamente, tirando de ella hacia atrás. Sintió una patada sin fuerza en su costado. Alguien más quería que despertara. Logró que sus párpados se separaran del todo y frunció el ceño al encontrar la sonrisa cínica e indolente de Tobías allá arriba, el techo de fondo.
— ¿Linda la siestita, pibe? —entre la cara de Tobías y la de Boss había una pistola con silenciador que le apuntaba directamente entre los ojos— Levantate, dejá de dar lástima.
Boss obedeció en silencio, sintiendo ahora el dolor de sus costillas. Se ve que Tobías le había dado algo más que un culatazo cuando lo emboscara en el pasillo a oscuras. Su intercom debía haber quedado tirado ahí. Encajó las mandíbulas aguantando las puntadas y el mareo, trató de erguirse, supo que no conservaría el equilibrio. Claudia saltó para sostenerlo al verlo tambalearse, Boss se agachó apoyándose en ella hasta quedar casi en cuclillas.
— Perdoname —la oyó sollozar con un hilo de voz—. Todo esto es culpa mía.
Se mordió un labio antes de responder, su mano derecha bajando a toda prisa hacia su tobillo, maldiciéndose por estar usando así a su amiga. Pero Tobías le aferró el pelo y la obligó a pararse, pegándola a su cuerpo cuando Boss se irguió con su 45 lista y amartillada. La Magnum de Tobías apuntaba ahora a la garganta de Claudia, su sonrisa burlona era para él.
— Tranquilo, pibe. No querrás que la mate por hacerte el loquito, ¿no?
Boss respiró hondo prohibiéndose mirarla. Su cabeza acababa de despejarse como por encanto y su pulso era casi el de siempre. Sabiendo que Tobías no ganaba nada matando a Claudia en ese momento, se tomó su tiempo para apuntar.
— ¿Tu flequillo es antibalas? —preguntó, terriblemente serio, mirando a Tobías de lleno a los ojos.
El otro se permitió mostrarse sorprendido y largar una alegre carcajada.
— Mierda. Sos más divertido que el violinista.
— Soltala con movimientos lentos. Pestañeás y te pongo.
Tobías obedeció casi divertido, pero no dejó de apuntar a la chica, que amagó a ir con Boss.
— Quieta ahí, Claudia.
Ella retrocedió amedrentada. Nunca había visto ese brillo feroz en los ojos de su amigo, ni había escuchado ese acento frío, cortante. En ese momento le inspiraba más miedo que el propio Tobías, y creyó entender por qué Tobías la necesitaba. Los dos seguían mirándose fijamente, en silencio. Boss apuntando a Tobías, Tobías apuntándola a ella, ella comprendiendo que su intención no podía ser realmente matarla. Quiso creer que su amigo también lo vería: no le daría tiempo para un segundo disparo. Tenía que estar planeando alguna otra cosa. Por eso Boss la había hecho quedarse lejos de los dos. El corazón le latía tan rápido y tan fuerte que resultaba doloroso. Las sienes empezaron a martillearle, su vista se nubló por un instante, el aire le pareció enrarecido. Tuvo miedo de desmayarse. Retrocedió buscando al tanteo la pared o una silla tras de sí, algo que la ayudara a sostenerse antes de buscar con qué golpear a Tobías.
Su movimiento no distrajo a los dos hombres, pero un paso antes de llegar al escritorio Claudia tropezó con el borde de la alfombra. Y su exclamación logró distraer a Boss, que le echó una mirada fugaz. Fue suficiente: Tobías no precisaba más para mover su pistola y dispararle. Vio la expresión de horror en la cara de la chica casi antes de sentir el calor que le atravesaba el hombro derecho, empujándolo hacia atrás. Volvió a apuntar sosteniéndose el brazo herido con la mano izquierda, pero Tobías ya disparaba de nuevo, esta vez a su pierna. No podía sostenerse en pie, así que disparó al mismo tiempo que se movía hacia el Sterne. Tal vez alcanzara a tirarlo con él al piso, si no él y Claudia ya estaban muertos.
El disparo se incrustó en la puerta, aunque su reacción tomó un poco desprevenido a Tobías, que esperaba al menos desmayarlo y alcanzó a rechazarlo con un certero puñetazo en la cara. Boss cayó pesadamente hacia atrás. El otro retrocedió con un gruñido y giró hacia Claudia, pero ella ya no estaba ahí, ni junto a su amigo. La chica apareció de la nada tras él, de espaldas contra la puerta, sus ojos de pronto secos mirándolo con rencoroso desdén. Le apuntó el pecho sin vacilar, escuchaba que el pibe volvía a moverse detrás suyo. Aquello estaba saliendo demasiado mal, y para peor en ese momento oyó los disparos y gritos en la oficina trasera.
— Correte o te mato.
La sonrisa irónica de Claudia realmente lo sorprendió. Escuchaba con claridad los gritos de Krazler dando órdenes mientras los disparos seguían resonando en el pasillo, trató de empujarla perdiendo la paciencia. Pero ella lo rechazó y volvió a sonreír cuando él apoyó el silenciador contra su pecho.
— ¿Te animás a quedarte sin escudo, cobarde de mierda?
— Correte, pendeja, o...
— ¿O qué...?
Boss había logrado ponerse de rodillas y sólo podía observarlos apretándose ambas heridas, tratando de contener la hemorragia y de no perder el sentido.
— Claudia... —murmuró.
Ella no lo oyó, o prefirió ignorarlo. Tobías, en cambio, recuperó su sonrisa burlona dejando de apuntarla para dirigir su arma hacia Boss.
— Correte o tu am...
La cachetada de la chica lo interrumpió. Claudia le aferró la mano que empuñaba la Magnum y deslizó dos dedos sobre el que rodeaba el gatillo. Tobías volvió a empujarla desconcertado, la otra mano de la chica le rodeó la muñeca y movieron con rapidez su mano, hasta que la Magnum apuntaba a su propio pecho. La cara de Claudia estaba congestionada por el esfuerzo, y Tobías estaba tan asombrado que apenas atinó a tratar de liberarse de ella. Los dos dedos presionaron el suyo sobre el gatillo, él consiguió desviar el arma y la bala lo alcanzó en el brazo. Quiso retroceder mascullando de dolor, pero la chica, apelando a toda su fuerza, lo retuvo donde estaba y volvió a moverle la mano, esta vez apuntándose a sí misma, hasta apoyar el silenciador de nuevo en su pecho. Le sonrió con ironía.
— Cuidate de tus propias manos, mi amor. Te dejan indefenso.
Boss contuvo el aliento al escuchar el ruido seco, breve, del disparo. Claudia se mantuvo en pie un momento más, hasta que Tobías, también aturdido, liberó su mano y su arma. Entonces se desplomó con el pecho bañado en sangre. Boss consiguió alcanzar su 45 y volvió a empuñarla sintiendo las lágrimas que le quemaban la piel al caer y la garganta dolorosamente cerrada. Apuntó a la cabeza de Tobías, pero el otro fue más rápido: sujetándose el brazo herido, la vista clavada la chica muerta a sus pies, abrió la puerta lo indispensable para huir. Boss se dejó caer sentado junto a Claudia, comprobó que ya no tenía pulso, le cerró los ojos advirtiendo la sonrisa que aún curvaba apenas sus labios.