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CRAP

Episodio 3:

VACACIONES

 
El tránsito vertiginoso y congestionado del centro rugía en torno a Trash, que caminaba con la vista baja, clavada un metro delante de sus pies, el walk-man a todo volumen, esquivando a la multitud de peatones más que nada por intuición y costumbre. Un mes, había dicho Rover. Un mes como mínimo. El tiempo se arrastraba como una culebra desde el episodio del subte. Una tarjeta del viejo había sido suficiente para que la policía los dejara ir de inmediato, a ella y a Boss, después de detenerlos en la última estación. Pero se habían expuesto demasiado y ahora se imponía desaparecer por un buen rato, que los creyeran fuera de actividad, que se relajaran. Mientras tanto, absolutamente nada para hacer, más que tratar de matar el tedio como mejor pudieran.
Y Kao a punto de cumplir su segundo mes de internación. Una espina en el costado que se negaba a ser arrancada sin mucho dolor, y que prometía aún más dolor para su ausencia. 
Esperó maquinalmente que el semáforo cambiara para cruzar la ancha avenida y se internó en la calle estrecha y casi sin vereda que la cortaba.
Se detuvo junto a una puerta baja de metal, frente a la cual se amontonaban varias cajas de basura que los gatos callejeros empezaban a inspeccionar. Golpeó tres veces y esperó. Un hombre bajo como la puerta le abrió. Gordo tras su delantal blanco, calvo bajo el gorro que estipulaba sanidad, le sonrió reconociéndola y la hizo pasar. Trash lo siguió en silencio hacia la cocina, donde tres mozos y dos mujeres vestidas de blanco comían en una mesa en un rincón. Ellos también la saludaron sonriendo y siguieron con su almuerzo desentendiéndose de ella. El hombre abrió la gran heladera y sacó una caja que olía a verduras, a salsa y a carne. 
— Hoy tenés suerte, tuvimos un almuerzo para veinte —le dijo con un guiño, dándosela. 
Trash sólo asintió al tomarla. Espió el interior, la cerró con cuidado. 
— ¿Querés una bolsa? 
— Seguí comiendo. Están en ese estante, ¿no? 
El hombre asintió y volvió a la mesa con sus compañeros. Trash cruzó la cocina, espiando el interior del local al pasar junto a las puertas, hasta el aparador. Sacó una bolsa, guardó la caja, retrocedió hasta las puertas. Desde los vidrios circulares podía ver buena parte del restaurant, lujoso y cálido, casi vacío. Y directamente frente a ella, en una mesa para dos junto a la vidriera, el sol del mediodía que blanqueaba los edificios allá afuera recortaba un perfil que le era bien conocido. Run. Run cruzado de brazos frente a un pocillo de café, mirando y escuchando con toda atención al hombre sentado ante él, que se había acodado en la mesa y se inclinaba un poco hacia adelante para hablar. 
— Que no te vea el encargado —oyó que le decía uno de los mozos. 
Trash retrocedió de inmediato, les agradeció por la caja de comida encaminándose a paso rápido hacia la salida lateral. Los empleados la saludaron sin dejar de comer. Cinco minutos más tarde subía a un colectivo que cruzaba el cinturón de barrios pobres, la zona más miserable y peligrosa de la ciudad.. Se sentó sola en un asiento doble y prendió un cigarrillo. Los conductores de esa línea la conocían hacía años, y dada la clientela de ese recorrido, debía ser la única en toda la ciudad en la que los pasajeros podían tomarse ciertas libertades sin que nadie se atreviera a amonestarlos por eso. 
¿Qué hacía Run en ese restaurante caro, con ese tipo? A pesar de que siempre era muy cuidadoso de su apariencia, ella podía notar que se había vestido con esmero para la ocasión, esa polera blanca y esos pantalones de tela que no usaba nunca, el saco colgado en el respaldo de su silla... sencillo pero elegante, como
el otro. Volvía a verlos sentados uno frente a otro en la mesa. La atención que evidenciaban la postura y la cara de Run, la sonrisa vaga del otro tipo mientras le hablaba... la distancia tan escasa entre ellos... ¿Quién podía ser para actuar así con Run, siempre tan medido y reservado? 
* * *
Se bajó del colectivo diez cuadras después de entrar al primer barrio, en una calle de tierra bordeada por dos zanjas de agua sucia que casi no fluía hacia la alcantarilla de la esquina, la tapa destrozada y el hueco atascado de basura vieja. Se internó en un corredor al que se abrían no pocas casillas de chapa y madera, demasiado estrecho para que un auto circulara por él, se detuvo poco antes de llegar a la esquina de la calle siguiente. Dos nenes jugaban frente a la tabla remendada que oficiaba de puerta de una de las casillas; jugaban con autitos rotos, viejos; ambos descalzos, la ropa vieja y rota como sus juguetes. Alzaron hacia ella sus caritas sucias y la saludaron con grandes sonrisas. Uno de ellos corrió hacia adentro llamando a gritos a su madre, el otro le echó los brazos al cuello y la sofocó con un abrazo. Trash lo alzó y entró con él en la casilla. Una mujer sólo tres o cuatro años mayor que ella se acercaba para recibirla secándose las manos en un repasador percudido de grasa. 
— ¡Hola! ¡No te esperaba! Vení, pasá. Nosotros ya comimos, pero te puedo calentar algo si tenés hambre. 
Trash la siguió hacia la diminuta cocina y dejó la caja que traía sobre el mármol de la mesada, quebrado e inclinado. Notó que en la pileta, junto con las dos ollas abolladas, había cuatro platos y miró disimuladamente hacia la cortina que separaba ese ambiente del único dormitorio y el baño. 
— Ya almorcé, gracias —dijo, dejando al nene en el piso para prender un cigarrillo—. Acá te traje algo. ¿Pudiste arreglar la heladera? Si no, van a tener que comerlo a la noche para que no se eche a perder... 
La mujer sonrió de una forma que la desconcertó, señalando el rincón donde antes había estado la heladera. La que había ahí ahora era nueva. 
— Tomy la trajo hoy —explicó la mujer, su acento colmado de orgullo, su sonrisa mostrando los dientes manchados por la falta de calcio. 
Trash manoteó una silla de respaldo roto y se sentó frunciendo el ceño. 
— ¿Tomy? —repitió—. ¿Tomás? ¿Y de dónde...? —su expresión y su voz se endurecieron—. No estará saliendo a afanar, ¿no, Fanny? 
La mujer se apresuró a sacudir la cabeza. 
— ¡No! ¿Cómo se te ocurre? Pegó un laburo hace diez días. Le pagan por semana, y apenas cobró la sacó en cuotas... Mejor dicho, su jefe la sacó para él. 
Trash desvió la vista con una mueca. Tomás tenía trece años... qué trabajo podía haber conseguido para que le pagaran en una semana lo suficiente para la cuota de un eléctrodoméstico, y en el que su jefe aceptara ser titular de su deuda... 
— No es nada ilegal. 
Trash alzó la cabeza al instante, enfrentando al chico que apareciera en la puerta del dormitorio. Su tono y su expresión no eran las de un nene de su edad, pero era comprensible dado su papel de "hombre de la casa". Lo que la sorprendió fue su aspecto. Estaba vestido con ropa nueva, muy informal pero de marca, el pelo que le cubría los hombros estaba brillante y limpio, las puntas recién cortadas, sus zapatillas eran nuevas como la ropa y a todas luces caras. 
— ¡Tomy! No quería despertarte, yo... —se disculpó la mujer. 
— Todo bien, mamá —el chico cruzó la cocinita hacia Trash, pero no se inclinó para saludarla con un beso en la mejilla como solía—. Me alegra encontrarte. Ya no necesitás traernos más cosas, ahora estoy laburando y puedo mantener a mamá y a los nenes sin problemas. A tu tía la volvieron a echar, así que le podés llevar todo a ella, que le va a venir muy bien. 
Trash se paró frente al chico, apenas más alta que él, y lo miró de lleno a los ojos sin ninguna simpatía. 
— Decime en qué carajo te metiste —susurró con los dientes apretados. 
El chico le sostuvo la mirada sin inmutarse y hasta sonrió de costado, negándose a responder. Ella giró hacia la madre, que evitó sus ojos meneando la cabeza, y volvió a enfrentar al chico. 
— Si me llego a enterar que andás en algo raro... 
— Cortala. Ya te dije que no y que no necesito que nos ayudes más. Ahora yo me voy a encargar de ellos. 
Trash asintió con un breve cabeceo todavía mirándolo a los ojos. 
— Cuidado con lo que hacés, pendejo —siseó—. Más te vale que no te metas en quilombos —lo esquivó y salió de la casilla sin saludar a nadie. El chico volvió a sonreír volviéndose hacia su madre, que miraba preocupada la puerta que Trash acababa de cruzar. 
— Tranquila, mamá. Ya sabés cómo es. En unos día se le va a pasar y va a venir como si nada. 
* * *
— ¿Pero estás seguro? Te va a mandar a la mierda... 
— Vos quedate en el molde y dejame hablar. Yo me encargo de levantarla. 
Boss asintió con un suspiro y volvió a acomodarse en el asiento. Slash disminuyó la velocidad para detenerse junto a una chica de quince años que ofrecía flores a los automovilistas en un semáforo. Al verlo bajar la ventanilla y sonreirle se acercó apresurada, tendiéndole un ramo que a la mañana debía haber tenido excelente aspecto, pero que a esa hora de la tarde ya estaba mustio y caído. 
— ¿Te querés ganar unos mangos, linda? 
La chica fingió no entender y trató de mostrarse sorprendida. 
— ¿Quiere flores, señor? 
— Mi amigo y yo, ¿te animás? Te pago lo que valgan los ramos que te quedan y un extra para vos. 
— Perdón, pero qué... 
Slash apoyó el brazo en la ventanilla y el mentón en el brazo, sonriéndole mientras la miraba por encima de los anteojos negros. A su derecha, Boss trataba de anticipar el momento exacto en el que la chica le daría una cachetada y se iría. 
— ¿Comiste hoy? Te invito a almorzar, además de pagarte las flores. 
El otro meneó la cabeza y desvió la vista esperando el sonido del cachetazo, que no llegó. En cambio, escuchó que Slash le decía algo a la chica riendo por lo bajo y bajaba de la camioneta para dejarla subir. La chica se acomodó entre los dos con la cabeza y la vista gacha, tratando de evitar cualquier contacto con Boss. Slash le gritó algo al conductor del auto de atrás, que tocaba la bocina con insistencia, volvió a subir y aceleró antes de que el semáforo volviera a ponerse en rojo. Prendió la radio mientras se escurrían entre autos y colectivos por las calles más céntricas, cantando en voz bien alta según su costumbre, haciendo que el silencio cohibido de la chica pasara inadvertido. Boss la sintió temblar, vio sus manos estrujar nerviosamente el ramo, los dientes clavarse en su labio inferior. Olía a ollín, aunque su ropa gastada estaba bastante limpia y remendada con cuidado, pero era comprensible si pasaba el día en una esquina tan transitada y moviéndose entre los coches. Slash le convidó un cigarrillo antes de prenderse uno, ella sacudió la cabeza sin levantarla. Él rió palmeándole la pierna. 
— Vamos, linda, con confianza. 
Boss advirtió como la chica daba un respingo y un brillo húmedo en sus ojos. Miró enojado a Slash, pero su sonrisa le indicó no intervenir. Se detuvieron frente a una galería comercial con una sola salida, sólo los dos locales que daban a la calle estaban ocupados. Slash estacionó y bajó, indicando a la chica que lo imitara y sujetándole una mano sin darse por aludido de su intento de retroceder. Boss los siguió notando con aprensión cómo temblaban las flores en la mano libre. El negocio de la izquierda se dedicaba a la compra y venta de instrumentos musicales usados, y el tipo que leía tras la registradora sonrió con un guiño cómplice cuando Slash se asomó a saludarlo. 
— Hola, Pez, subo por dos horas. 
Slash volvió a arrastrar a la chica tras él y se dirigió al fondo de la galería vacía. Junto a los baños se abría una escalera angosta y empinada, por la cual subieron hasta una puerta, que Slash abrió con una llave que sacó de su bolsillo. Al otro lado había una pieza chica, sin más muebles que una cama de dos plazas contra la pared opuesta y una mesa con dos sillas a un costado, bajo una ventanita que se abría al patio trasero del edificio de al lado. Boss entró siguiendo a la chica y giró hacia Slash, aún en el último escalón junto a la puerta abierta. 
—Ahora vengo, voy a buscar algo de comer. Prestame guita por las dudas. 
Boss obedeció meneando la cabeza. 
— Traele algo rico y abundante. 
— Todo bien, papá. Si tardo y se aburren, acordate para qué le dijimos que vino. 
— No seas forro y apurate, querés. 
Slash cerró la puerta con una risita y lo escucharon bajar de a varios escalones por vez. Boss giró con una honda inspiración para enfrentar a la chica, que se quedara parada en medio de la habitación, la cabeza siempre gacha y las flores muy apretadas entre sus manos. La vio estremecerse cuando se acercó a ella y que cerraba los ojos instintivamente al sentir la mano de él en su hombro. 
— Tranquila, está todo bien —le dijo con cuanta suavidad pudo—. ¿Cómo te llamás? 
— Stella... señor... 
Boss le rozó el mentón instándola a enfrentarlo. 
— ¿Nunca hiciste esto antes, Stella? ¿Por qué aceptaste? 
— Desde ayer... que no como —murmuró ella negándose a mirarlo. Boss volvió a sonreír y a presionarle el hombro. 
— Todo bien, entonces. Lo único que queremos es hacerte unas preguntas sobre tu patrón, ¿entendés? 
La chica alzó la cabeza bruscamente, sorprendida, aunque su cara enseguida delató su miedo. 
— Pero... no puedo... cuando vean que no estoy... 
— Te vamos a pagar como te dijimos, y apenas terminemos de comer te llevamos de vuelta a tu esquina. ¿Vos creés que vas a tener problema? 
— Si llevo plata no... 
La confusión y el alivio en sus ojos oscuros lo conmovieron, le sonrió con dulzura. 
— Entonces no tenés que preocuparte. 
* * *
Caminaban lado a lado en silencio, al mismo paso, sin prisa, las sombras de ambos proyectándose ante ellos mientras el sol resbalaba para hundirse tras los edificios. Run miró a León de reojo, su sonrisa vaga y constante, esa calma y ese aplomo que siempre lo hicieran destacarse, no importaba entre quiénes estuviera.
— No puedo creer que todavía no te animes a preguntarlo, Rosschild —dijo León, los ojos siempre moviéndose por las caras de los que cruzaban por la calle. 
— Tal vez todavía espero que me lo expliques por las tuyas. 
El otro ladeó la cabeza sonriendo de costado. 
— Tenés más vueltas que una quinceañera. 
Caminaron en silencio varias cuadras más, hasta un edificio de departamentos de fachada elegante. Cruzaron el lobby hacia un corredor amplio y de piso lustroso, las paredes a ambos lados eran de vidrio y se abrían a dos estrechos jardines llenos de plantas y árboles chicos, en los que Run descubrió incluso una diminuta cascada en cuyo estanque nadaban peces de colores. El ascensor los dejó en el piso veinte sin que hubieran vuelto a cruzar palabra, directamente en el vestíbulo de un loft amplio y luminoso, arreglado con lujo acorde al edificio. 
— Calentá un poco de café, Rosschild. Me voy a fijar si Marron ya se fue. 
Run se dirigió a la amplia cocina, perfectamente ordenada y limpia, y prendió la cafetera. Escuchó a León dirigirse a su dormitorio y saludar riendo a su pareja. Una risa cálida y breve. Lo escuchó volver, detenerse de pronto, otra risa breve, ahora ahogada, el inconfundible sonido de un beso. 
— Tranquilizate que vine con Rosschild. Vestite y tomate un café con nosotros antes de salir. 
Run respiró hondo antes de girar y se obligó a sonreír para saludar a Marron, sin más prendas que su ropa interior, de pie junto a León a medio camino entre el living y el baño. 
— Hola, Rosschild. Disculpá, no sabía que estabas. 
— Todo bien. ¿Te sirvo un café? 
— Gracias, pero tengo que vestirme primero. 
León ya estaba en la cocina. Se sentó a la mesa y le señaló a Run una silla frente a él. Lo estudió un momento antes de probar su café. 
— Parece mentira que todavía te choque verme con él. 
Run alzó las cejas tratando de volver a sonreír, pero no respondió. 
— No irás a dejar la pose de quinceañera por una pose de suegra, ¿no? 
— Como si se pudiera tratar de darte una opinión sobre tu vida... 
León rió, divertido por su acento, entre burlón y disgustado. Él no necesitaba que Run le dijera nada, aunque la tentación de aguijonearlo le resultaba irresistible. Pero Run habló antes de que pudiera agregar nada. 
— Estoy esperando tu famosa explicación. 
León asintió con otra sonrisa de costado. 
— Lo que hizo Joel fue abrir una almohada de plumas y desparramar el relleno en el viento, Rosschild. Hiciera lo que hiciese, nadie iba a volver a tratarme como antes después de que abrió la boca. 
— Pero todos sabíamos que lo hizo por envidia, porque sabía que te preferíamos a vos y no se bancaba ser simplemente tu ayudante. 
— Sí, Rosschild, sí, pero entendé que no podía quedarme; por el bien del equipo, si querés, pero me tenía que ir. Todos ustedes me conocían bien y me aceptaban sin problemas, pero pensá en los padres de los más chicos. No iban a aguantar que un homosexual entrenara a sus hijos y compartiera las duchas con ellos. 
— Y te tenías que ir así, de un día para el otro y sin avisar, como un ladrón... Irte y cuidarte bien de que nadie pudiera saber más de vos... 
Run calló desviando la vista. Pero León había visto la rabia en sus ojos. Buscó su mano sobre la mesa y la apretó un momomento con la suya, retirándola de inmediato, antes de que Run pudiera hacer o decir nada para rechazar su gesto. 
— No te lo hice a propósito, Rosschild —susurró—. Vos eras la última persona que quería lastimar, pero entendé que tenía que desaparecer. Por el bien de ustedes y por el mío propio... 
Marron se les unió en ese momento. Alto y de figura atlética como León, aunque pálido y rubio, Run pensaba mirándolo que daba toda la impresión de ser la pareja ideal para su amigo. Pero aún había algo en él que lo incomodaba, sin que lograra descubrir con exactitud qué. Marron se tomó de un solo trago el café que León le acababa de servir mientras se ponía su saco apurado. 
— Me voy o llego tarde. Te espero allá —se volvió hacia Run sonriendo—. Nos vemos, Rosschild, no lo entretengas hasta más de las diez que tenemos pilas de laburo hoy. 
Run le devolvió la sonrisa viendo como se saludaban con un fugaz beso de despedida junto al ascensor abierto. León volvió sin prisa, los ojos fijos en él desde lejos con expresión irónica. 
— Está celoso de vos —dijo mientras le servía más café, y sonrió ante el asombro que Run no ocultó—. Tranquilo, ya sabe que sos demasiado heterosexual para mi gusto. Pero opina que también sos demasiado parecido a él físicamente para que le guste dejarnos solos mucho tiempo. 
* * *
La casa estaba insólitamente silenciosa cuando Run volvió esa noche, poco antes de las nueve. El living comedor estaba a oscuras y vacío, y al dirigirse a su pieza tampoco vio señales de los demás. Se cambió y volvió a la cocina para prepararse algo de comer. Ahí encontró la nota garabateada en una letra desprolija e infantil que reconoció enseguida como la de Trash. "Boss y Slash siguen cazando fiolos, yo vuelvo tarde."
La dobló sonriendo de costado y se la guardó en el bolsillo. Quince minutos y un sandwich después sacaba su moto del garage y volvía a salir. Si Trash andaba sola él sabía dónde buscarla. Y no era un lugar bueno para recorrer a pie, ni siquiera para alguien como ella. 
Se alejó del centro hacia los barrios más pobres que crecían al otro lado de la autopista Tres. Ignoró a las pandillas de adolescentes que se juntaban en las esquinas y se dirigió hacia un terreno baldío que ocupaba toda una manzana, a mil metros de la autopista, apenas iluminado por un farol en cada esquina. Dos arcos de fútbol desvencijados señalaban la cancha polvorienta, en el extremo opuesto a varios caños de cemento, pintados con colores vivos, un tobogán roto y dos hamacas, que delimitaban el sector para los más chicos del barrio. Divisó las sombras de un grupo sentado bajo uno de los arcos y se detuvo de inmediato, apagando el motor. Empujó la moto hasta la esquina más cercana y se ocultó tras la primera casilla de esa cuadra. Sintió más que ver los ojos que lo espiaban desde todas las aberturas a su alrededor y a sus espaldas, pero no se dio por aludido. Dos siluetas se acercaron por atrás tratando de no hacer ruido. Run no giró, sólo se acomodó la campera de forma que la culata de la 9 mm quedara visible en su cintura. Los dos muchachos se detuvieron. 
— Es el amigo de Anita —dijo uno en un susurro. Los escuchó retroceder. 
Trash no parecía tener ningún apuro, sentada con media docena de chicos de entre doce y veinte años, compartiendo yerba y vino mientras charlaban. Run se armó de paciencia, siempre atento a cualquier rumor que pudiera surgir detrás de él. Finalmente, casi una hora más tarde, advirtió que el grupo se movía. Se habían puesto todos de pie y se despedían a grandes voces. Los dos más altos se situaron uno a cada lado de Trash y se encaminaron con ella hacia la autopista. Run esperó a que se internaran en una calleja paralela a la suya, puso en marcha la moto y retrocedió con lentitud, esperando a verlos cruzar cada esquina antes de seguir. Ya a la salida del barrio se adelantó, cruzó la primera calle asfaltada y se escondió bajo las sombras de la autopista. Desde ahí observó cómo Trash se despedía de sus amigos y seguía sola hasta la parada del colectivo. Pocos minutos después un taxi bajó de la autopista y aminoró la velocidad al ver a la chica sola. Trash lo miró con el ceño fruncido un momento, consultó la hora, se subió. Faltaba demasiado para el próximo colectivo. Entonces Run salió de atrás de uno de los pilares y se fue en dirección opuesta. 
* * *
Trash se demoró fumando un cigarrillo antes de entrar a la casa por la puerta de la cocina. Había luz en el dormitorio de Run y quería que su aliento no oliera tanto a marihuana cuando lo saludara. Él no le iba a decir una palabra al respecto, pero ella sabía que esas salidas nocturnas suyas lo preocupaban un poco. 
Masticó mucho el chicle, tragando hasta que casi no le quedaba sabor, prendió otro cigarrillo. Lo que se había enterado no le gustaba nada. Tomasito laburando en un boliche del centro... una disco que los pibes del barrio aseguraban que no sólo era frecuentaba por gente joven. "Un sauna para viejos cogotudos" lo habían definido. Exhaló el humo por la nariz con fuerza, controlando su disgusto. Tomasito laburaba en la cocina, le habían dicho, lavaba vasos, y limpiaba los baños para ganarse un extra. Pero sus amigos empezaban a desconfiar. Lo habían visto demasiado bien vestido, habían visto la heladera que le había comprado a la madre. Era mucho para un lavacopas... Tiró el cigarrillo y entró. 
Música tranquila desde la pieza de Run. Ese pop inglés que tanto le gustaba. Se detuvo frente a su puerta y se guardó el chicle antes de llamar. Lo encontró recostado en su cama leyendo, listo para irse a dormir. Run bajó el libro y la enfrentó con una breve sonrisa, indicándole que se acercara. 
— ¿Todo bien? 
Ella asintió tratando de sonreír. 
— ¿Comiste? En la heladera hay fiambre y cerveza. 
Heladera. Sacudió la cabeza frunciendo el ceño. 
— Creo que tengo algo —dijo—. Un boliche donde podrían estar haciendo trata de blancas. 
Run se sentó en la cama al instante, enfrentándola con mirada inquisidora. Ella se encogió de hombros. 
— Tengo el nombre del lugar, nada más. Pero creo que valdría la pena chequearlo. 
— ¿De dónde sacaste la data? 
— El hijo de una conocida está laburando ahí y... parece que está ganando más de lo que debería. 
Run la observó con atención, después consultó la hora. 
— Andá a darte una ducha para despejarte y acostate. Mañana, cuando estemos todos, vemos qué hacer —le dijo, cuidando que su acento careciera de toda intencionalidad. 
Trash sostuvo su mirada un momento, intentando adivinar a qué obedecían sus palabras. Run le dirigió otra sonrisa breve antes de volver a levantar el libro. Ella asintió y dejó la habitación sin agregar más. Si Slash llegaba antes de las próximas dos horas y le veía los ojos tan enrojecidos, no iba a contener su lengua. Y él tenía ganas de leer un rato e irse a dormir tranquilo, no de contener cualquier posible respuesta de Trash para que el otro bocón no terminara lastimado. 
* * *
Boss y Slash guardaron la camioneta y entraron con sigilo por la cocina, sorprendiéndose al descubrir luz en las piezas de los otros dos. Slash se detuvo a abrir una cerveza, todavía riendo entre dientes. 
— Se la vamos a poner linda a ese hijo de puta —comentó—. Voy a aprovechar que Run está despierto para comentarle las novedades ahora, así mañana mismo nos ponemos en movimiento. 
— Todo tuyo, yo me voy a dormir. 
Slash lo siguió hacia los dormitorios con otra risita y se detuvo frente a la primera puerta de la izquierda. Boss siguió hacia su cuarto murmurando su buenas-noches. Run seguía leyendo, y prefirió no protestar cuando Slash lo hizo correr sus largas piernas para sentarse a los pies de la cama, la botella de cerveza en la mano y una gran sonrisa en la cara. 
— Lo tenemos, Run. Y el muy hijo de puta es un cogotudo lleno de guita. Tiene a varios tipos que hacen el laburo por él, pero todos lo mandaron al frente apenas los apretamos. 
Run se limitó a alzar las cejas, instándolo a explayarse. 
— Levanta pendejos de la calle, tanto chicos como chicas. A los más presentables los baña, los viste, los perfuma y los tiene en su boliche para deleite de cualquier viejo verde que ponga un billete. A los que no sirven para eso, los pone a laburar en la calle vendiendo flores o estampitas o lo que sea. Por eso necesita ayudantes, para que le manejen a los que tiene afuera y... 
Slash advirtió que Run entornaba los ojos, típico gesto indicador de que estaba atando cabos con algo que viera o escuchara en otro lado; en esos casos solía terminar armando algún rompecabezas que a los otros tres le había pasado inadvertido. 
— Ya tenías el dato, para variar. 
Pero Run meneó la cabeza con lentitud, todavía pensando. 
— No, Trash tiene algo parecido... 
Slash se limitó a asentir, dándole su tiempo. Los ojos de Run se fijaron en un cuadro de la pared frente a él, mirando sin ver, pero enseguida volvió a menear la cabeza. 
— Mañana nos sentamos a ver qué es lo que averiguaron, ustedes y ella. Y ahí decidimos cómo nos conviene movernos. Ahora ya es tarde. 
El otro sonrió al escucharlo y se paró. 
— Ok. Pero ni se te ocurra despertarme temprano. Mañana le toca limpiar a Boss. 
Run lo vio salir sin contestar, sus ojos volvieron a perderse ciegamente en el cuadro. Se preguntó por qué seguía viniéndole a la cabeza con toda claridad la imagen de León y Marron ("tan parecido a él" había dicho su amigo) despidiéndose esa tarde con un beso. 
Una voz iracunda y el ruido de algo pesado que caía lo sobresaltó. Se paró de un salto y se asomó al pasillo al mismo tiempo que Slash, que entendió primero la escena y largó una carcajada. La puerta del baño se cerró con estrépito mientras Boss, en remera y calzoncillos, se incorporaba cubriéndose la boca con una mano. 
— Mal abordaje, galán —se burló Slash, palmeándole la espalda cuando pasó frente a él hacia la cocina. 
— ¡Andá al carajo, querés! —gruñó el otro sacudiéndose la mano de Slash. 
Run detuvo a Boss y lo instó a mostrarle la boca. Al ver la sangre que brotaba del labio inferior le indicó que fuera a la cocina por hielo mientras él rescataba el botiquín del baño. Golpeó antes de entrar, sin retroceder cuando la puerta se abrió bruscamente y la sombra de Trash saltó sobre él. 
— Desinfectante y cicatrizante —dijo, deteniéndola con su proverbial calma. 
La cabeza de Trash chorreaba agua sobre la remera, que no disimulaba la ausencia de ropa interior. La chica le dio el botiquín de mano respirando con fuerza. 
— La próxima vez le rompo los dientes —siseó. 
— ¿Te estabas duchando? 
Ella asintió resoplando. 
— El pelotudo abrió la mampara de golpe y... 
— No creo que vuelva a pasar —Run dio media vuelta y se encaminó a la cocina, deteniéndose un momento frente a Slash, que se disponía a volver a entrar a su cuarto—. Más vale que mañana no haya comentarios sobre esto. No tuyos, al menos. 
Boss lo esperaba con varios cubitos de hielo contra el labio lastimado, envueltos en un repasador que empezaba a mancharse de sangre. Run le echó un vistazo rápido a su boca. 
— Un derechazo desde abajo, ¿no? Te mordiste el labio. Tomá, hacelo vos que sentís dónde te hace falta —tomó el hielo de sus manos y buscó otro repasador limpio. 
— Escuché la ducha y me asustó que no contestaran, —pudo articular, aguantando el ardor del desinfectante—. No sabía que era ella, y no sabía... 
— Que se baña con los walk-man —asintió Run permitiéndose una sonrisa fugaz—. Te haría bien si podés dormir con el hielo contra la boca, así mañana no la tenés amoratada. 
Boss murmuró algo que sonó a "voy a parecer un orangután" y balbuceó un gracias antes de volver a su dormitorio. Run lo vio irse sonriendo de costado y apagó las luces, esperando que ahora sí podría terminar el capítulo antes de irse a dormir. 
 
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